Com ens veuen des de Madrid
— Lo Somaten
«Desde la Garrocha pasando por Santa Pau».
Había leído a Pla, Josep, que se sentía vinculado a esta Garrotcha, que nada tiene que ver con los guanches ni con sus pértigas, por la comida y la gente tan distintos y contrapuestos a los republicanos y federalistas ampurdaneses. Aquí los pueblos tienen nombre de santo: Sant Jaume, Sant Joan, Sant Ferriol, Sant Feliu, Santa Pau, Santa Margarida y descubren sinvergüenza las raíces religiosas y tradicionales del país. La capital de la Garrocha es Olot, un pueblo grande, físicamente encerrado entre montañas y que produce al viajero una inmediata sensación de opresión. Tate, se dice uno, «esto es una ciudad cerrada y oprimida» y aunque no abunda la sotana, ni la barretina (tradicional boina de color rojo y en forma de saco) se respira cierto olor a rancio, a sacristía húmeda y oscura.
Antiguamente de Olot se conocían sus imágenes religiosas, los Santos, ahora el único mensaje que la une al mundo civilizado es el «fuet d'Olot» de la casa Espuña. No es mi intención hablar de industria, porque de esto hay en todas partes, sino de las esencias imponderables de estas culturas periféricas históricas. Al habitante urbano no le hace falta trasladarse ni a Extremadura, ni a los montes de Orense, ni al hinterland de Jaén para toparse con reliquias. A dos horas de Barcelona, o de cualquier punto de la Costa Brava, está la Garrocha.
La Generalitat cuida mucho estas reservas étnicas y raciales no contaminadas ni por la inmigración ni por el turismo: es ejemplo, muestra y piedra de toque del «som perquè som» (somos lo que somos y que nos parta un rayo) de la fidelidad a lo indescriptible, ahistórico e intemporal: ser catalán.
Que el catalán prototipo viene de Olot, de la Garrocha, se ha convertido en un tópico que se cita en cualquier reportaje, artículo, o sirve para ilustrar al hombre del país.
Exteriormente, para la visión del viajante de comercio, Olot no es distinto de los muchos pueblos que se patea anualmente por toda la península. Para el estudioso de oído abierto y cierta curiosidad, la Garrocha y Olot es un caldo de cultivo, un microcosmos donde se reprodu¬ce todo esto de lo que es Catalunya, pero sin las interferencias y sombras de la macropolítica.
En los reportajes siguientes, el lector podrá vivir de cerca esta experiencia antropológica. La estructura social-religiosa; el lenguaje y los mitos históricos; las alternativas políticas
(Nosaltres continuarem tocant a sometent).


